Por una educación no sexista

Un llamado de atención y de alerta por parte del Dr. Gustavo Valderrama Burmeister. Palabras directas y sin eufemismos acerca del machismo que sigue afectando nuestra idiosincrasia y que en la educación aún está instaurado. Desde su férrea defensa bajo la Iglesia, hasta sus muy actuales y notorios síntomas. Un llamado para dirigirnos hacia una educación no sexista.

 


 

Mi apoyo a una educación no sexista

Existe una herencia de miles de años referida al manejo social y religioso. Una herencia donde el control del poder ha establecido que la mujer es una pertenencia, un bien no intercambiable, que bajo ninguna circunstancia puede ser dueña de sí misma. Una incubadora de la trascendencia del hombre. Sí, lo dije bien, solo del hombre, ya que la mujer tiene “alma” desde hace menos de dos siglos*. O al menos es así según la machista institución de la Iglesia católica, inspirada por el Espíritu Santo y sus miles de derivaciones protestantes y similares. Instituciones de control social donde el machismo, el abuso sexual de menores y otras formas de dominación por fuerza aún existen impunemente. Recordemos que esta religiosidad dominante aceptó la esclavitud por miles de años e incluso hasta hace pocos siglos. Esclavitud respaldada en gran parte por el tristemente aún vigente Antiguo Testamento, el cual se lee en la “primera lectura” de las misas católicas, en el judaísmo y en los miles de ritos pseudocristianos derivados a diario.

Si una mujer quiere ser libre y no acepta esto, históricamente tiene pocas opciones y la sociedad la calificará siempre con un desprecio peyorativo. Muchos nombres han recibido a lo largo de los siglos. Algunos de ellos tratan de descalificar a los géneros llamándolas a todas “lesbianas”, otros a las distintas tendencias políticas diciéndoles peyorativamente “comunistas”. También tratan de denostarlas diciéndoles “putas”, “locas” o “enfermas”. O cuando sus áreas de desempeño han sido el manejo de las ciencias y el estudio, no dudan en llamarlas ateas, feas, raras o despechadas. Hay otros términos que han caído en la historia, aunque si uno escarba en la literaturato o en zonas rurales, todavía encuentra algunos como “brujas” o “casquibanas”. Y por otro lado algunos nuevos están surgiendo, destacando el término “feminazi” en las redes sociales, muy usado cuando una mujer simplemente quiere hablar de igualdad en derechos.

Es de esperar que el humano evolucione hacia una igualdad entre hombres y mujeres. Sin embargo creo que nos falta mucho, sobre todo viendo situaciones como “La Manada”, sueldos inferiores en las mujeres, falta de igualdad y oportunidad, asesinatos de miles de mujeres al año y el asqueroso reggaetón, en el que las mujeres no son más que mugre destinada para el desagüe de fluidos corporales.

Por toda esta herencia descrita referida al control social de las mujeres, expresada en todo tipo de abusos, sumado a ser hijo de mujer, estar casado con una y ser padre de otra, he querido expresar mi apoyo más estricto a la idea de una educación no sexista, una educación con igualdad de oportunidades e independiente del sexo biológico que tengamos o del género que nos identifique. Una educación sin “piropos”, sin “invitaciones a una cama” y sin descalificativos como los que he enumerado. Una educación sin “Clubes de Toby” o de Lulú. Una educación sin “día de la mujer” o “día de “la virgen”. Una educación en arte, ciencia y humanidades igual para todos y, por su puesto, una educación libre de doctrinas y de escritos de dominación bíblicos. Una educación donde una mujer no tenga que transformarse en un hombre para ser un cirujano o gerente general, y donde un hombre no tenga que transformarse en mujer para ser dueño de casa o cocinero.

Dr. Gustavo Valderrama Burmeister

 


 

(*): N. del E.: Este comentario se basa en un mito bastante difundido y aceptado sobre la Iglesia Católica declarando que las mujeres no tienen alma, que usualmente se atribuye al Concilio de Maçon. El mito fue originado y difundido por protestantes en el siglo XVII, por el pastor luterano Johannes Leyser y luego por el calvinista Pierre Bayle. Sin embargo, aún pese a la naturaleza hiperbólica del mito, sigue reflejando el estatus inferior asignado a la mujer, tal como lo afirman las escrituras (cf. 1Cor 11:3-10)

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