Libertad sin odio – Kristov Cerda

Hacer política planteando la “identidad” de un grupo para oponerla a otro grupo es una práctica probablemente tan antigua como nuestra especie. Incluso relacionada a tendencias tan antropológicamente primitivas como la guerra tribal. La diferencia más notoria entre esta última y la política identitaria moderna, es que la segunda intenta legitimar su existencia en las democracias liberales. Y lo hace a través una interpretación flexible de ciertas libertades y derechos, como el derecho a la libre expresión o, en algunos casos, la libertad religiosa. Interpretación que muchas veces omite que esas esas libertades existen gracias a un ordenamiento social y jurídico que supone que todos los miembros de la sociedad son iguales en dignidad y derechos, sin excepción.

En otras palabras, la convivencia democrática que asegura que todos tengan la libertad de expresar sus ideas o de practicar su religión, solo puede garantizar esas libertades mientras todos se encuentren en igualdad de condiciones para ejercerlas. Descartando automáticamente cualquier discurso o ideología que prive a algunos miembros de la sociedad de esas u otras libertades.

Los discursos que atentan contra la libertad

Actualmente entendemos la democracia como un espacio de diálogo común para todos y no solo como un ordenamiento formal de toma de decisiones en una sociedad. Y estos fundamentos peligran cuando alguien amenaza a otras personas con torturas eternas o busca restringir los derechos de otros por su orientación sexual, género, etnia o ideología.

Estos discursos, lamentablemente, no nos resultan extraños. Abundan en redes sociales y suelen estar implícitos -o descaradamente explícitos- en los dichos de muchos políticos o autoridades. No es difícil escucharlos cualquier día en boca de los predicadores evangélicos que acaparan plazas públicas de Chile. Coincidencia tampoco extraña, pues la política identitaria suele usar a la religión como pretexto. Y las religiones siempre se han sentido muy cómodas reordenando el mundo con prohibiciones y exclusiones.

El odio conduce a desear la aniquilación de lo diferente

Una creciente conciencia jurídico-política ha identificado el núcleo común de esta tendencia: el odio. Tanto la exclusión tribal como la exclusión religiosa responden al temor a ser contaminado, a perder el núcleo de la identidad por la apertura hacia lo externo. Se crea un temor a disolver aquello que nos define si llegamos a aceptar la diversidad. Miedo tan arcaico que solo puede expresarse con virulencia, de modo que el otro no es solamente diferente, sino un enemigo que debe ser conjurado o expulsado. La forma más definitiva de expulsión del otro es, por supuesto, darle muerte. Así, la consecuencia lógica del discurso excluyente es el llamado a la aniquilación, simbólica o real, del otro. La imaginería religiosa favorita de esos predicadores urbanos habla siempre de condenación, desastres inminentes o la corrupción a la que se vería arrojada la sociedad si abrimos la puerta a los “otros”.

Y la versión política de la prédica apocalíptica no es muy diferente. De hecho frecuentemente es un relato sobre el riesgo de ver a la sociedad sumida en un caos moral o económico. Se infunde temor al dar por normal a quienes históricamente hemos tratado como exteriores a la circunscripción identitaria: el pobre, el migrante, la mujer no sumisa, el homosexual, etc.

El miedo a lo otro conduce al odio, y el odio conduce a desear la aniquilación de lo diferente. No se necesita hilar muy fino para percibir cómo esta ecuación es contraria a la idea moderna de democracia. Y no solo a la democracia, sino que a cualquier concepción política que promueva la vida social sobre la base de libertades y derechos equitativos.

La apología religiosa contra el laicismo

Esto también implica que el ordenamiento de las democracias modernas tiende hacia el laicismo, en la medida en que -por definición- el discurso religioso es excluyente. Y no puede ser de otro modo, ya que ese discurso se funda en la idea de una verdad externa al diálogo social, que no puede ser sometida a la crítica racional, y que divide la realidad a priori en categorías de pureza e impureza, segregando a grandes grupos de seres humanos. A su vez, la arqueología de la política identitaria revela cómo esta viene a ocupar en las sociedades modernas el lugar que ha dejado vacante la revuelta religiosa contra la secularización. Y esto mientras toma a manos llenas tópicos comunes a la retórica apologética cristiana, como la apelación a los “valores tradicionales ” y la identificación de sí mismos con “la reserva moral” o “el pueblo perseguido”.

En esa estrategia retórica, lo rechazado ya no es solo quien no adscribe a ese discurso, sino el proceso histórico entero que ha conformado las sociedades democráticas modernas, cuando no la democracia liberal misma. Y ese es el sentido último de la identidad del conservadurismo: la aspiración a retroceder al estado en el que la organización política de la sociedad no estaba fundada en la dignidad humana equitativa, sino en un fundamento cuya exterioridad respecto del diálogo colectivo le concede el carácter de intemporalidad e inmutabilidad. Si bien ese fundamento suele identificarse con un supuesto estado “natural” (en sentido biologicista) de lo humano, refiere realmente a una condición ontológica originaria y ahistórica. Es decir, pertenece al imaginario teológico. En el fondo, la política identitaria y su discurso de odio se arraiga en la aspiración teocrática de un ordenamiento social que emana de un fundamento “trascendente”, en el que descansa toda autoridad y soberanía.

Esto dice mucho de la particular psicología de los individuos que optan por el camino identitario, así como de su pertinaz insistencia en posicionar su discurso por encima de las exigencias mínimas de la argumentación racional, como si se tratase de un saber místico perdido que debe ser rescatado -porque sólo es comprendido- por los elegidos.

Por lo tanto se evidencia el carácter irracional del discurso identitario, que lo hace inmune a la lógica del diálogo propia de las sociedades abiertas. Lo que resulta contradictorio con la noción misma de la libertad de expresión, que propende a que todas las ideas sean tratadas en igualdad de condiciones en la conversación social. Siendo así para que puedan ser discutidas y examinadas por sus méritos objetivos y no por la mera dinámica del poder o los privilegios. Lo que también es válido para la libertad religiosa, que asegura la expresión de la diversidad de voces en materia valórica dentro de una sociedad, con independencia de las circunstancias históricas o socioculturales desde las que las diversas formas religiosas pudiesen originarse.

Por lo tanto amparar el discurso de odio en dichas libertades es un contrasentido, en tanto el reconocimiento y promoción de esas libertades en la esfera pública descansa en la noción fundante de la dignidad humana, que pertenece en propiedad a cada miembro de la especie. Si somos libres de expresar nuestro sentir religioso o político públicamente, es porque -primero- somos iguales en nuestro valor intrínseco como seres humanos. Todo discurso de odio es la negación de esa igualdad, y con ello incurre en la paradoja de negar el ordenamiento social que le permite, en primer lugar, ser enunciado. Dejar que el odio fluya por las venas de una sociedad libre es equivalente a querer cortar la rama del árbol mientras estamos sentados sobre ella: tarde o temprano todo se va a desmoronar.

Kristov Cerda


Kristov Cerda es Licenciado en Educación, Magíster en Filosofía y Doctor en Literatura Latinoamericana.

Acción Secular

Librepensadores por una sociedad laica.