Ateísmo bajo el hijab

“Soy ateísta y uso el hijab”

Tenía diez años cuando me vi a mí misma usando el velo. No entendía bien el significado real tras él. Solo estaba contenta por escuchar la palabra “mabrouk” (N. del T.: “Felicitaciones”) cada vez que alguien me veía usarlo por primera vez. Estaba contenta porque ahora podía enorgullecer a mi familia y quitármelos de encima. Comencé a escuchar “Ahora Alá está feliz por ti” en vez de oír de mis tíos, tía y abuela: “Te colgarán del pelo en el infierno y tu pelo se transformará en miles de serpientes que te morderán” o: “¿Cuándo usarás el hijab? ¡Deberías usarlo!”.

Nunca entendí por qué Dios se enojaría conmigo en primer lugar. No hacía más que ver animé y leer novelas.

No pasó mucho tiempo antes que aumentaran las demandas de mi familia extendida. El velo no era suficiente para ellos; pronto sus comentarios comenzaron a incluir el largo y entalle de mi ropa.

Todavía recuerdo a mi tío gritándole a mi madre, frente a mí, cuando tenía once años: “¡Dale a tu hija algo de ropa larga y suelta para protegerla de los ojos de los hombres!”

Mi padre no tenía realmente oportunidad para intervenir. Trabajaba en el extranjero y solo me veía una vez al año. Siendo criada en una familia musulmana chiíta de Medio Oriente, mi familia extendida se daban la libertad de entrometerse e intentar ser la figura paternal en mi vida. Mi madre es el tipo de mujer que cede ante las presiones de la familia y la sociedad. Yo era la niña ansiosa, callada y tímida que siempre estaba sola y que hacía todo lo que le decían para que la dejen en paz.

Cuando cumplí trece, comencé a desarrollar mis propias ideas acerca de la religión. Cuestioné la existencia de un Dios. No podía entender la idea de un dios omnisciente que, conociendo todas nuestras elecciones y actos desde antes, nos traería a la existencia y aún así nos mandaría al infierno por ello.

Cuestioné las bases fundamentales de la fe. Dudé acerca de la santidad de mi hijab, que nunca me gustó realmente. Dudaba de todo. Pero mis dudas eran silenciosas.

Nunca me atreví a hablar acerca de mis ideas con nadie. Mi familia me daría sermones eternos y me encubrirían. No tenía amistades en quienes confiara lo suficiente. Por lo tanto, seguí adelante viviendo un período de transición entre agnosticismo y creencias débiles durante cinco años.

Nunca realmente recé más que un año en toda mi vida, y por suerte a mi familia directa nunca le importó mientras mi familia extendida pensara que yo era una persona religiosa que adoraba a Dios adecuadamente. Me transformé en una actriz profesional. Fingía rezar y creer de verdad, e incluso enseñar de a mis sobrinos y amigos frente a sus padres solo para caerles bien.

Tenía miedo de que mis amigos, o gente que conociera, me juzgaran al enterarse de que yo escondía semejantes ideas mientras usaba el hijab.

Sin embargo, la gente nunca me dejó realmente en paz. Comencé a escuchar comentarios como: “¿Cómo puedes escuchar metal y usar el hijab al mismo tiempo? Me hice metalera a los once; es cuando me encontré a mí misma.

La presión de mi familia extendida por usar ropa larga y suelta nunca cedió. Las quejas y los comentarios seguían llegando. Hasta que un día mi tío me gritó y casi me abofetea en público por usar un vestido largo con un colgante cocido en él. Los accesorios eran “haram” (N. del T.: “ilegales”), según él.

Toda esa presión me hizo pensar que si una mujer no usaba ropa “apropiada”, entonces era su culpa si era abusada sexualmente.

Eso es lo que me ocurrió cuando recién cumplía dieciocho años. Un hombre abusó de mí en un bus público. Yo estaba en estado de shock y totalmente paralizada. Quería hablar, pero no me salía la voz. Terminé bajando al final del recorrido y estallando en lágrimas. Recuerdo claramente el pensamiento que cruzó por mi mente: “¿Y si me culpan por usar un vestido que no era lo suficientemente largo, incluso si ya es bastante largo?”, y desafortunadamente una “amiga” mía, de hecho, me lo dijo cuando decidí contarle lo que me había pasado.

Odiaba el hijab más y más, día tras día. Mi situación empeoró cuando me volví ateísta alrededor de los diecinueve años. Por supuesto, mantuve mi ateísmo para mí misma. Me volví una ateísta que estaba atrapada usando el velo y que seguía pretendiendo que creía solo para evitar problemas.

No obstante, el hijab comenzó a sofocarme en más de un modo. No podía soportarlo en los días calurosos del verano. No podía aguantar los comentarios discriminatorios que escuchaba de la gente en las áreas no musulmanas. No podía conseguir un trabajo que no me esclavizara siendo una estudiante, porque la mayoría de las buenas compañías no contrataban a jóvenes con velo.

Incluso uno de mis profesores, que es ateísta, me dijo en clases: “No puedes escuchar y entender bien por culpa de esa prenda apretada que te cubre el pelo”.

No era solo una ateísta que usaba el velo. También fui a la Meca para el peregrinaje de “Umrah”. Estaba en Arabia Saudita con mis padres durante las vacaciones de Navidad cuando, de pronto, decidieron ir a la Meca. Siendo una mujer ahí, sin olvidar ser extranjera, no tuve otra opción que ir o me tendría que quedar sola en casa durante días esperándolos. Fingí hacer todos los rituales e incluso toqué la Kaaba. Observé a las personas ahí y me pregunté cuántas como yo habrán estado aquí, y esperé a que todo el viaje terminara finalmente.

Quitarme el velo se volvió uno de mis sueños más importantes. Comencé a hacer planes de viajar y vivir afuera para poder quitármelo. Al mismo tiempo, seguí sucumbiendo ante la depresión. Mi ansiedad y mi control parental me impedían hacer las cosas que quería hacer. Por supuesto, tendría que haber peleado en serio con mis padres si hubiese querido conversar acerca de ir a un concierto.

Aún así, me sentía demasiado asustada y retraída de ir a un concierto metal usando el hijab. Mi ansiedad me discapacitaba. Me asustaba la atención que podría atraer. Pero mi personalidad seguía pasando por un estado de metamorfosis. Comencé a pasar a través de episodios de indiferencia ante todo.

Nunca voy a olvidar ese memorable paso que di cuando fui a mi primer concierto. Significaba mucho para mí porque fue un recita de la banda de metal Epica cuando vinieron a Biblos, Líbano. Ahí solo encontré a una chica como yo usando el hijab. Nos quedamos ahí mirándonos la una a la otra con una mirada que decía: “Te entiendo”, y después nos dimos un cálido saludo y una sonrisa. Estar ahí, en el recital, escuchando a la banda cantar las letras “To be free, I will exist again” (N. del T.: “Para ser libre, existiré otra vez”) de la canción Unleashed, me hice una promesa a mí misma. Me prometí que lucharía contra todos ellos para ser libre y volver a existir, o de otro modo estaría rindiéndome de verdad ante la vida.

Pocos meses después de eso conocí a una amiga en la universidad que me ayudó dándome un último empujón más. Después de una repentina conversación después de media noche, por algún motivo ambas terminamos diciendo: “Soy ateísta y uso el hijab“. Resultó que ambas fingíamos creer frente a la otra, porque temíamos que la otra no estuviera solo fingiendo.

Ella estaba genuinamente impactada. Decía que yo me veía como la “angelical chica religiosa”. Esta amiga después me dijo que ella iba a lugares apartados para quitarse el hijab en secreto. Terminamos yendo a un lugar cerrado cerca de la estación de buses, nos sacamos nuestros pañuelos y nos fuimos en bus a Biblos desde Beirut. Nunca me sentí tan feliz y emocionada como en ese momento.

Me quedé pegada todo el camino en bus cerca de la ventana, disfrutando por primera vez en años el toque del viendo en mi cuello y pelo; una sensación con la que siempre había soñado. Estuvimos allá toda la tarde paseando. También fue la primera vez que tomé alcohol. Acordamos llamar a ese día, el “Día de la Libertad”. Después de ese día, no podía sentir que era suficiente sabor a libertad. Quería más y más y nada iba a saciar mi sed de libertad ni detenerme nunca más.

Un día exploté. No podía aguantarlo más. O lo hacía o simplemente me rendía ante la vida. De pronto dije: “Mamá, mañana en la mañana voy a salir sin el velo”. Mi mamá quedó de una pieza. Y comenzó con lo de cuanto miedo sentía de las reacciones de mi, extremadamente religiosa, familia extendida y la sociedad, pero al mismo tiempo tenía miedo de decirme que no; un montón de problemas personales ocurrieron en el pasado que la hacían sentir temor de decirme que no muy seguido. Al final todo lo que dijo fue: “Llama a tu papá y pregúntale a él primero”, y lo hice. Le informé mi decisión por teléfono. Mi padre fue comprensivo, como siempre lo había sido. Al mismo tiempo, también estaba asustado de cómo mi familia extendida reaccionaría. Yo estaba lista para pelear contra todos ellos. Yo ya no era más esa niña pequeña a la que le podían gritar o controlar. Había crecido como una persona independiente y ya tenía un trabajo en ese entonces.

La mañana siguiente caminé por el vecindario sin el velo. Caminé feliz, indiferente y libre. Me topé con la hija de mi vecino y me dijo: “¡Oh! ¿Por qué te quitaste el velo?” Le respondí: “Porque quería”. Recuerdo claramente las palabras de mi mejor amiga cuando me vio: “Ahora te ves más como tú misma”. Afortunadamente, muchas cosas habían pasado que llevaron a la comunicación con mi extremadamente religioso tío al mínimo. Sin embargo, mi abuela y tías no lo aceptaron bien. Una de mis tías incluso prohibió a sus hijos a salir conmigo o incluso a hablarme: me consideraban una mala influencia. Mi amiga después se armó de valor y dio el salto también. Lamentablemente ella no la tuvo tan fácil como yo. Tuvo que huir de casa por un tiempo para poder quitarse el velo.

Mi vida cambió tanto para mejor. Volví a ser yo misma y soy mucho más segura de mí misma de lo que solía ser. Incluso empecé a tomar fotografías otra vez. Ahora la persona que veo en mis fotos es quien realmente soy.

Cambié la foto en mi identificación, pasaporte y en mi segunda tarjeta universitaria. No pude cambiar la de mi primera tarjeta, de la Universidad del Líbano. Cuando fui, la empleada que me atendió, con velo, me dijo: “Ya es muy tarde, vas a quedarte para siempre con tu foto con el velo para que recuerdes lo que hiciste”. Yo estaba demasiado cansada y apurada para discutir con ella, así que la dejé así. También comencé a mostrarme a mí misma en las redes sociales, y ahí es cuando me encontré accidentalmente con la foto de una amiga que no había visto en más de siete años, pero ahora en su foto de perfil aparecía sin velo también.

Ella era mi vecina en mi viejo vecindario. La contacté inmediatamente y acordamos encontrarnos. Abrimos completamente nuestros corazones la una a la otra y fue una de las mejores juntas que he tenido en mi vida. Resultó ser que las dos fingíamos ser religiosas por miedo a nuestras familias. Nunca fuimos muy cercanas, así que falseábamos nuestra religiosidad al frente de a la otra.

Al día de hoy, aún disfruto el toque del viendo en mi cuello y pelo. Aún albergo rabia por los once años de mi vida que me quitaron. Once años que nunca podré recuperar. Pero aún así, al final hicieron de mí quien soy ahora.

¿Por qué ocurrió todo esto? ¿Es justo que alguien decida por la mitad de la sociedad, qué deberían vestir? El hijab es un concepto originalmente de raíces en la Edad Media, y era usado por varias razones, especialmente en el proceso de oprimir a las mujeres. Nunca ha ayudado a las mujeres a prevenir el abuso sexual. El acoso sexual le ocurre a todas las mujeres alrededor del mundo, usen velo o no. Y puedo asegurar esto por experiencia personal y por lo que he observado como mujer.

Educación apropiada, leyes justas, correcto feminismo, derechos humanos obligatorios y cursos de concientización ante el acoso sexual, alzar la voz y confrontar al acosador, apoyo y liberación sexual es lo que ayuda a prevenir el acoso sexual. No importa qué esté vistiendo una mujer; ella nunca está pidiendo que la acosen sexualmente.

Aprendí a nunca juzgar a una mujer con velo, porque nadie puede saber qué está pasando realmente en su cabeza. Podría ser una ateísta y estar forzada a fingir creer en la religión mientras espera su oportunidad para ser libre, tal como me pasó a mí. No todos confían en una persona extraña que acaban de conocer. Sé amable con el resto sin importar nada; no sabes las batallas que podrían estar librando en silencio.

A todas las mujeres con velo que son forzadas a usarlo, las saludo. Manténganse fuertes y resistan. Sé que pueden estar pensando que están muy lejos de la esperanza, pero créanme, todo mejorará un día. Resistan, trabajen duro por ello y sean valientes. La libertad requiere un montón de valentía y sacrificios. Recuerden, no están solas en esto. Muchas mujeres comparten su dolor alrededor del mundo; al menos yo, personalmente, conozco algunas que están sufriendo en silencio, esperando a una oportunidad para ser liberadas de los grilletes de esta herramienta de subyugación.

Sarah Harakeh
(Beirut, Líbano)

 


 

Carta escrita y compartida con nosotros por nuestra amiga Sarah Harakeh, de Freethought Lebanon.

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