Pena de muerte y cómo el dogma nos retrasa

Hay chilenos que en pleno 2018 exigen volver a la pena de muerte. Y no es sorpresa que el apoyo oficial provenga de sectores tradicionalistas. Porque los mismos sectores que apoyan la prohibición del aborto, ahora apoyan esta curiosa iniciativa. Y si bien no son todos, sí tienen algo en común: el rechazo al pensamiento crítico. Hay una forma de pensar que los une y que busca evitar a un Estado laico a toda costa.

Pena de muerte y las dos posturas para discutirla

Actualmente podemos ver dos posturas base en la opinión pública. Y si bien ambas posturas dicen buscar justicia, en realidad solo una lo hace. Quienes pretender regresar a la pena de muerte buscan venganza. Porque buscar un castigo directo es buscar venganza. Y la otra postura es asegurar un trato justo para todos, sin emociones mediante, evitando así caer en la emocional venganza.

La respuesta moderna a delitos y crímenes es la privación de libertad. Y la privación de libertad, en teoría, busca evitar que un delito se vuelva a cometer, aislando al perpetrador. Y, paralelamente, disuadirlo para que no vuelva a cometer lo mismo. No se está buscando maltratar a la persona ni forzarla mediante dolor o fuerza a no actuar mal. Es el medio menos cruel posible para evitar que un delito o crimen se vuelva a cometer. Y es el medio menos cruel para disuadir a alguien de no volver a actuar mal.

El torturar a alguien, o matarlo, es venganza. El buscar una satisfacción a razón de un daño o agravio es la definición exacta de «venganza». Y el desear que un perpetrador muera, es un deseo que nace de un daño o agravio recibido. Por lo tanto se trata de una postura inspirada por los deseos personales; por las emociones.

Justicia en el mundo moderno

Lo que busca la justicia, es que cada uno reciba lo que merece en su medida justa. Pero no así a secas de forma cavernaria. «Ojo por ojo» y todos terminaremos tuertos. Si queremos evitar el sufrimiento, no suena inteligente hacerlo causando aún más. La justicia en el mundo moderno debe ser conjugada con un análisis ético racional.

Las penas de presidio son una opción que minimiza el sufrimiento lo más posible, sin dejar de lado el objetivo. Logran aislar el peligro y brindan espacios donde buscar formas de reinserción. Y destacando que la calidad de las herramientas para lo segundo no deberían influir en la utilidad de lo primero. Las penas de presidio ignoran la pasión o los deseos instintivos de los afectados y funcionan de forma humanista.

¿Merece un trato humano el violador? Quizás para mí no, pero eso lo dicen mis emociones. Buscar el castigo como fin no es buscar una solución. Regresando a la pena de muerte seguirán habiendo más violadores y terminamos ejecutando uno de los actos que buscamos evitar.

Pena de muerte y los hechos

Hay dos hechos claves que a veces se ignoran voluntariamente para defender la pena de muerte. Por un lado están los resultados de la pena de muerte y por otro lado están las opciones que sí existen actualmente.

Por un lado la experiencia internacional demostró de forma continua, constante e inalterable que la pena de muerte nunca ha reducido la victimización. No existe ni un solo país en el mundo que haya reducido delitos o crímenes gracias a una política de pena capital. La intuición nos hace creer que el miedo a la pena de muerte amedrentaría a posibles perpetradores, pero no; nunca ha ocurrido. Y eso es lo peligroso del sesgo personal, de dejarse guiar por las emociones o meras «tincadas». El hecho concreto es que la pena de muerte nunca ha reducido los delitos o crímenes. Sigue siendo esta una satisfacción emocional.

Y por otro lado está la opción que sí tenemos. En Chile tenemos algo llamado «cadena perpetua». Y la cadena perpetua se trata de quedarse en la cárcel de forma… perpetua. Una condena que, si me preguntan, me parece ya bastante dura. De hecho soluciona por siempre el problema del peligro que representa la persona condenada. De hecho, el preso solo puede llegar a postular a algún beneficio pasados 40 años. Y sí, la libertad condicional es un beneficio, pero para eso la Corte Suprema debería acordar en pleno concederla. Es decir, que todos digan: «Creo que es razonable que esta persona esté en la calle otra vez». Así que no, no es tan «suave» la ley.

Y muchos otros piden «penas más duras», siendo que ya la cadena perpetua está al tope de esa «dureza».

La Iglesia y su papel en la defensa a la pena de muerte

Tenemos a 5 diputados de la UDI solicitando de forma oficial al Presidente que vuelva la pena de muerte. Sector que también suele apoyar iniciativas como el mantener la prohibición del aborto o restringir las opciones de identidad sexual en las personas. Personas que tienen en común el respaldo constante de la institución religiosa.

Es el deber moral de algunos sectores de seguir las directrices de una de las instituciones más influyentes desde fuera del gobierno: la Iglesia. Porque es la Iglesia la que promulga el valor intransigente de la vida del embrión o el feto. Es la Iglesia la que niega la diferencia entre sexo, género, atracción e identidad. Y es también la Iglesia la que toma decisiones con base en tradiciones y que rechaza la doxástica: el análisis racional de las propias creencias.

Si no existiera la presión de la religión institucionalizada, ¿cuál sería la tradición a defender para prohibir el aborto, negar las libertades personales, o decidir qué vida es más valiosa que otra?

¿Pero cómo la Iglesia facilita este apoyo?

Para comenzar, admitamos que no hemos escuchado a sus representantes decir que apoyen abiertamente la pena de muerte. Sin embargo, es una institución que se caracteriza por decidir según sus intereses y por justificar sus decisiones mediante la superstición. Y ni siquiera tradicionalismo, porque al mismo lo instauran siempre sobre alguna superstición, y siempre según sus intereses. Les es necesario mantenerse como guía moral de sus adherentes para asegurar su devoción, sea por estatus social o por creencias. Recordemos que la Iglesia sobrevive por tanto tenga adherentes fieles que la financien.

Por lo tanto, la Iglesia funciona siempre sobre la base del dogma. Del seguir las directrices «sagradas» de un líder. Y esa forma de pensar, que se fomenta entre sus adherentes, se impulsa siempre desde la pasión. Los fieles defienden estas directrices según lo que sienten, según sus emociones, y no tras un análisis crítico riguroso.

Y es más, si observamos su principal fuente de moral, según ellos mismos, podemos ver algunos detalles interesantes. Si tiene usted en su casa una Biblia, revise algunos pintorescos pasajes como Éxodo 20:5 o Éxodo 21:12-36 (aparte del clásico diluvio o las plagas). Este tipo de religiones se construye sobre una moral con base en la pasión y las emociones; no en la razón.

¿Sorprende entonces que quienes piensan así apoyen el regreso a la pena de muerte?

La opción sensata: el análisis ético y el humanismo

Humanismo, o aquella corriente filosófica que defiende la dignidad de las personas, por el hecho de ser personas. Es el humanismo el ideal que, en el fondo, la gran mayoría buscamos. Y el humanismo no tiene su base en axiomas, sino en análisis éticos según nuestros criterios modernos. Deja de lado los tradicionalismos per sé, como el rechazo sistematizado y sin sustento racional a la libertad sexual.

Podríamos decir que la gran gracia del humanismo, es el realizar siempre un análisis ético de cada decisión de este tipo. Y la gran gracia del análisis ético, es que hace avanzar la moral. La moral, que siempre varía según época y lugar, evoluciona de forma orgánica y también guiada. Orgánica por tanto se va modificando según las mutaciones impredecibles de la sociedad, y guiada por tanto a qué camino preparan las legislaciones y la educación. Y es la moral en su aspecto guiado la que depende del análisis ético. Mientras más rigurosos seamos en este, evitando los dogmas, más y mejor avanzamos como sociedad.

La religión no…

Porque carece de ese análisis ético completo. Sus observaciones están siempre empañadas por el pensamiento dogmático. Nunca un análisis religioso será justo con todas las personas o con todas las ideas, porque el hecho de considerar que existen ideas «sagradas» siempre las blindará ante el análisis.

Y cuando hablamos de un tema tan delicado como la vida de las personas, el estar habituado a pensar de forma dogmática, empaña también la capacidad de análisis ético de la persona. Nunca alguien habituado a defender sacramentos tendrá la capacidad de pensar de forma crítica de forma transversal. Y curiosamente, es lo que más se necesita entre quienes deciden las leyes por las que nos regimos.

Las emociones son valiosas y nos motivan a movernos cada día. Pero las emociones son personales y no deberían ser nunca el eje de una legislación.

Pedro Stein.

Pedro Stein

Codirector y Vocero de Acción Secular. Publicista con formación en comunicación y marketing estratégico. Dedicado a entrenar a personas en oratoria y técnicas de comunicación. Dicen que también es locutor.