¿Se está democratizando la Iglesia Católica?

Después de toda la contingencia eclesiástica reciente, Nelson Marín Alarcón, académico del Centro de Estudios Judaicos, de la Universidad de Chile, nos comenta su visión de cómo se está reformando este ambiente en Chile. Desde las estructuras de poder de la Iglesia misma, hasta la influencia de sus devotos no sacerdotales.

 


 

Las nuevas asambleas de laicos y la (posible) democratización de la Iglesia Católica chilena

Nelson Marín AlarcónTiempos de convulsiones está experimentando la Iglesia Católica chilena. Las divisiones internas frente a las reacciones y medidas de reparación adoptadas en los casos de abuso sexual, se han intensificado a un nivel no visto durante mucho tiempo. Para quienes tenemos memoria e interés en este tipo de temáticas, resulta sumamente extraño ver a sacerdotes criticando abiertamente el actuar de otros líderes de la Iglesia en los medios de comunicación. El “factor Barros”, corolario del caso Karadima, sigue exponiendo públicamente visiones encontradas entre quienes claman por transparencia y cambio al interior de la institución, y aquellos que relativizan el daño a las víctimas y buscan contener la emergencia de nuevas acusaciones que sigan debilitando el prestigio de la Iglesia. Si bien ésta última se reconoce como una entidad que expresa diversas posiciones políticas en su interior (condición derivada de su gran extensión y pretensión de universalidad), en los últimos años se han evidenciado con mayor claridad las relaciones de poder que configuran la estructura de funcionamiento del catolicismo chileno[1].

[1] La publicación de los correos entre los cardenales Ezzati y Errázuriz, donde se trama la forma de evitar el nombramiento de Felipe Berríos como Capellán de la Moneda y a Juan Carlos Cruz, víctima de Karadima, como miembro de la comisión encargada por el Papa; así como el envío que hace Ezzati al Vaticano de los antecedentes del mismo Berríos, Mariano Puga y José Aldunate, dan cuenta de las formas en que se articula, tensiona y ejerce el poder hoy en día en la jerarquía eclesial.

Sin embargo, este proceso de fractura está lejos de ser exclusivo del estrato sacerdotal. Uno de los elemento emergentes de mayor relevancia lo constituye la articulación de una crítica desde el mismo segmento de laicos comprometidos con la vida cotidiana de la Iglesia. Situados históricamente en un lugar de segunda categoría frente a los clérigos, los laicos han comenzado a levantar la voz frente a situaciones que consideran comprometen la misión de la Iglesia. El caso más relevante de los últimos años lo ha representado la comunidad de Osorno, la cual ha reaccionado con protesta frente a la inmunidad que ha recibido su propio obispo señalado como encubridor de los crímenes de Karadima. Sin embargo, lejos de intimidarse frente a las acusaciones de “divisionistas”, “infames” o “poco cristianos”, este  grupo ha encontrado respuesta en otro tipo de comunidades que miran con preocupación la situación actual de la Iglesia y buscan repensar las tareas de ésta y hasta del propio laicado. El medio centenar de laicos y laicas, provenientes de diversos movimientos, CEBs, parroquias, pastorales, espiritualidades, etc., que se reunió el pasado 14 de abril a discutir sobre estas temáticas, nos lleva a preguntarnos por los reales y potenciales alcances que podría catalizar este movimiento de renovación al interior de la Iglesia nacional.

En primer lugar, hay que establecer que el laicado católico se encuentra en una situación de importancia como nunca antes en la historia de la Iglesia. Si bien la misma idea de “iglesia” hace referencia directa al carácter colectivo de la religión, lo cierto es que el cuerpo clerical, en tanto administrador de los bienes de salvación, ha gozado de una posición de privilegio frente al laicado. No obstante, desde el Concilio Vaticano II en adelante (siendo el  documento Apostolicam Actuositatem de Pablo VI un primer gran impulso), el magisterio ha reafirmado una concepción comunitaria de Iglesia en la cual los laicos cumplirían un rol fundamental por medio del apostolado y el compromiso con los procesos de evangelización. Su condición liminal, como agentes eclesiales que operan en un mundo secular, les hace altamente valorados. Sus responsabilidades, derivadas desde su mismo acto bautismal, se expresarían en la participación tanto en los canales mediados institucionalmente (desde la catequesis hasta la participación en los ritos), hasta lo que Juan Pablo II llamó la “imaginación de la caridad”, por medio de toda obra de ayuda al prójimo inspirada por el amor cristiano. En otras palabras, que los laicos serían colaboradores de los sacerdotes, permitiéndoles llegar donde ellos no llegan.

El llamado recurrente a superar los límites del clericalismo, el cual reduce al laicado a ser meros asistentes o reemplazantes ocasionales de los sacerdotes en funciones menores, encuentra contradicciones entre lo teórico y lo práctico. En lo primero, porque como afirmó Benedicto XVI, se procura evitar promover una visión secularizada de la Iglesia que confunda tarea con gracia. Reiterados han sido los llamados de atención sobre el “peligro” que conlleva nivelar los deberes y ministerios entre clérigos y laicos, promoviendo apropiaciones indebidas de funciones propias de los ordenados, así como modelos pseudo democráticos al interior de la Iglesia. En este sentido, desde la perspectiva de la jerarquía, la buscada potenciación del laico no tiene relación alguna con la ocupación de posiciones de poder en la estructura eclesial. Sin embargo, un clero reducido y enfrentado a responsabilidades crecientes en ámbitos pastorales, sacramentales y administrativos (condición histórica de la Iglesia en esta parte del mundo, según Sol Serrano y John Lynch), ha generado que los laicos asuman parte importante de las funciones cotidianas de las parroquias y comunidades, aunque ello no ha conllevado, necesariamente, la promoción de formas de gobierno mas paritarias e inclusivas. Es más, como muestra un informe realizado por CISOC en 2013, más allá de la diversidad de personalidades y formas de conducción que exprese un religioso en su comunidad, lo cierto es que existe una percepción importante de formas de liderazgo autoritarias, con escasa participación y consulta a la comunidad a la hora de tomar decisiones.

 

Estas ansias de mayor participación y autonomía han sido un tema central de las últimas asambleas y reuniones de laicos. Ciertamente, la coyuntura de crisis generada por los abusos y su encubrimiento, han empujado la urgencia de organizarse y discutir las posibilidades de acción que posee el segmento laical. No obstante, más allá de expresar la oposición frente a determinado grupo de sacerdotes, estas asambleas han iniciado caminos de reflexión que apuntan a nodos problemáticos del siglo XXI que la Iglesia no ha sabido responder de forma satisfactoria: el rol de la mujer, el matrimonio homosexual, la adaptación a las nuevas tecnologías, el retomar una política social efectiva, o revitalizar la vivencia en comunidad y con el medio ambiente. Aun cuando la Iglesia misma ha intentado referirse de alguna manera a estos temas (la encíclica Laudato Si (2015) sobre la ecología, o el discurso de Francisco a los obispos en la Catedral de Santiago (2018), se hacen cargo de algunas de estas cuestiones), nuevamente queda en suspenso el efecto real que supone esta clase de interpelaciones. Por su parte, las asambleas de laicos proponen una metodología de trabajo que rompe con el verticalismo normativo y busca interiorizar los mensajes desde la reflexión dialógica entre pares a la luz de la realidad local. Este ejercicio, virtuoso y legitimo en apariencia, vuelve a despertar las sospechas que ven en el asambleísmo un cuestionamiento a la mediación sacerdotal y la exclusividad del magisterio en la interpretación de los signos de los tiempos. El miedo a la protestantización del catolicismo se levanta como tantas otras veces.

Finalmente, un elemento de gran relevancia para comprender el real alcance que poseen estas nuevas formas de organización laical, es situarla en el momento histórico que se encuentran. Actualmente vivimos una época donde, por una parte, las instituciones tradicionales (Estado, parlamento, iglesias, familia, etc.) se encuentran bajo un gran cuestionamiento; mientras que, por el otro, hay una tendencia a problematizar y repensar las formas de participación desde la ciudadanía. Tal como algunos movimientos sociales contemporáneos (no queremos aventurarnos a afirmar que las asambleas sean uno), las nuevas agrupaciones de laicos configuran un proyecto propio y construyen formas de articulación y deliberación que les son propias. Lejos del desencanto que lleva a la apatía y la desvinculación institucional, estos grupos se proponen (re)construir un tejido social que tensione los mecanismos de integración tradicionales que les reserva la organización eclesial. En este sentido, las motivaciones de estas agrupaciones sobrepasan el hito fundante que implica la caída de determinados líderes históricos de la Iglesia chilena, internándose en el terreno de pensar cómo participar activamente en la construcción de una nueva forma de seguir siendo Iglesia hoy en día. En la medida que la discusión se dirija hacia la emergencia de una nueva estructura de libertades y responsabilidades entre ordenados y laicos, con todo el impacto en la tradición de la Iglesia que ello conlleva, podremos observar los actuales límites de adaptación, reforma y fractura que posee la institución en la actualidad.

Nelson Marín Alarcón
Académico del Centro de Estudios Judaicos, Universidad de Chile.
Magíster en Ciencias Sociales, Mención: Sociología de la Modernización, Universidad de Chile.
Diplomado en Ciencias de la Religión, Universidad de Chile.
Licenciado en Historia, Universidad de Chile.

 


 

N. del E.: Dentro del catolicismo, el concepto de laicismo es utilizado para definir a los devotos no sacerdotales.

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